Polvo de estrellas
Una reflexión sobre nuestro vínculo con el tiempo
Un amigo aficionado a la fotografía astronómica me contó que, cuando miramos el cielo, vemos estrellas que ya no existen, aunque su luz todavía nos llega después de viajar miles de años a través del espacio. Jorge Drexler lo canta de otra forma: “Un animal prodigioso con la delirante obsesión de querer perdurar. No dejaremos huella, sólo polvo de estrellas.”
Parece poesía, pero es ciencia: los elementos químicos que componen nuestros cuerpos se formaron en explosiones estelares. Podríamos decir que vivimos rodeados de presencias que, en verdad, son vestigios. Estamos hechos de historias que nos anteceden, escenas pasadas, huellas difusas.
Hay ciertas fechas que angustian porque nos enfrentan con el paso del tiempo y la finitud. Lo que llamamos síntoma o inhibición a veces son una forma fallida de regular nuestra relación con la temporalidad, como en la ansiedad, en la indecisión, en la procrastinación, en llegar siempre tarde o en vivir de manera vertiginosa. Intentamos así acelerarlo, demorarlo o suspenderlo.
El eslogan “vive el momento” insiste y prolifera por todos lados, como un recordatorio permanente que no logra inscribirse, quizás porque solemos ignorar que el presente, además de potencial, está cargado de historia. El tiempo no es lineal y el presente es, en algún punto, la estela de lo que aún no terminó de pasar.
Hay marcas que congelan el tiempo psíquico. A veces, una muerte que no se lloró, una separación que nunca se asumió, un deseo que fue postergado hasta apagarse. Hay pacientes que tramitan una pérdida que tuvo lugar hace muchos muchos años, pero que se siente actual, como si no hubiese pasado el tiempo. Lo que no se elabora queda en suspenso.
El inconsciente tiene la particularidad de ser anacrónico. No olvida, sino que guarda las escenas pendientes hasta que el sujeto tenga con quién volver a ellas. Por eso tenemos sueños que condensan elementos de diferentes momentos de nuestras vidas.
A todos nos toca tarde o temprano hacer el trabajo de dejar ir: a una versión de sí mismo, a un vínculo, a un ideal, a un amor, a un proyecto. Muchos quedan girando en círculos alrededor de aquello que no pudo ser, o bien, suspendidos en escenarios que se repiten y de los cuales salir solos muchas veces resulta difícil.
Quienes no pueden perder nada, pierden demasiado. Como quienes no juegan para no perder, o no aman para no sufrir o para no perder libertad. Otras personas se retiran afectivamente, hipotecando su porvenir sin que nadie lo advierta.
Lacan señala la escena del ladrón que exige ‘la bolsa o la vida’, en la que el sujeto no tiene escapatoria: elija lo que elija, algo pierde. Por eso el ideal de plenitud es una estafa, pero una muy atractiva.
Freud señaló que el valor de la transitoriedad es el de la escasez en el tiempo. Lo que puede terminarse resulta más valioso. Los comerciantes saben que un producto se vende más si tiene el cartel de “¡Últimas unidades!”. Si las flores no se marchitaran, si los veranos nunca terminasen, si una vida no concluyera, el deseo perdería fuerza. Es aquello que falta lo que lo habilita.
Borges escribió que la eternidad es una condena: cuando nada termina, nada tiene valor. Vivimos, sin embargo, gran parte de nuestras vidas como si el tiempo no transcurriera. Lo llenamos de actividades, de consumo, de estímulos inmediatos, de cambios constantes. Byung-Chul Han advierte que la aceleración permanente empobrece nuestra experiencia temporal, quitándole profundidad al presente. El deseo así se diluye en la inmediatez.
El presente representa también aquello que aún está a tiempo de empezar. Y si en un dispositivo terapéutico o analítico quien acompaña no impone caminos como si fuese un tutor, un paciente puede experimentar calidez también en la incertidumbre. Cuando un sujeto empieza a recordar, a soñar, a poner en palabras lo que había quedado suspendido, el afecto y el tiempo vuelven a encontrar un cauce, abriendo la posibilidad de hacer algo con la inhibición y aquello que insiste en repetirse.
A veces es perder lo que nos permite no quedar perdidos, porque para ganar cierta soberanía se debe poder renunciar a algo.
Bibliografía
. Freud, Sigmund. “Sobre la transitoriedad” (1915). En Obras completas, tomo XIV. Amorrortu Editores, Bs. As., 1976.
. Lacan, Jacques. Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. (1964; publicado en francés en 1973).
. Han, Byung-Chul. El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. (Ed. original alemana 2009).
. Borges, Jorge Luis. El Aleph (incluye “El inmortal”). 1ra edición 1949. Alianza Editorial
. Bauman, Zygmunt. Tiempos líquidos: Vivir en una época de incertidumbre. Tusquets Editores, Barcelona, 2007.
. Kristeva, Julia. Sol negro: Depresión y melancolía. Siglo XXI Editores, Madrid / Buenos Aires, 1988.