MASCULINIDADES. El hombre definitivo.
El privilegio y el sufrimiento no son incompatibles.
Lo que una época considera masculino puede dejar de serlo en otra. La lógica binaria (hombre/mujer) ha funcionado históricamente como una ficción útil, organizando cualidades y expectativas, pero la masculinidad no emerge naturalmente en el interior de los hombres, sino que es una construcción social, cultural e histórica.
El título de este texto, lejos de ofrecer una lista actualizada de virtudes masculinas a emular, busca parodiar a quienes pregonan una masculinidad universal.
La psicoanalista Laura Borensztein dice que hay quienes desde un lugar de poder consideran que tienen derecho a determinar que un tipo de subjetividad es más legítima que otra. El problema aparece cuando definimos lo masculino y lo femenino como categorías universales opuestas y cerradas, dejando poco espacio para la singularidad.
Si el psicoanálisis históricamente ha generado tanta resistencia es porque no suele ofrecer respuestas universales e inequívocas. Por el contrario, nos confronta con la ambigüedad, la contradicción y el conflicto que forman parte de toda subjetividad.
La socióloga australiana Raewyn Connell desarrolló el concepto de masculinidad hegemónica para describir la configuración de prácticas que, en un contexto histórico determinado, legitima una determinada forma de masculinidad como dominante.
Cuando la masculinidad se construye alrededor de la fuerza, el dominio, el control o la necesidad de demostrar superioridad, distintas formas de violencia se naturalizan y presentan como respuestas legítimas. En este contexto, la vulnerabilidad, la dependencia y la expresión emocional son aspectos concebidos como una amenaza que hay que vigilar y controlar.
El hombre se beneficia de una estructura social que históricamente le ha favorecido y, al mismo tiempo, se encuentra sometido a una demostración continua de virilidad.
Reconocer esta dimensión del sufrimiento en el hombre no implica desconocer las desigualdades históricas y estructurales con las mujeres ni equiparar unas experiencias con otras. Significa aceptar que se puede distribuir poder de manera desigual y producir, al mismo tiempo, exigencias subjetivas que pueden ser clínicamente corrosivas.
El privilegio y el sufrimiento no son incompatibles.
Todos recibimos identificaciones, ideales, prohibiciones, modelos familiares y culturales antes de tener capacidad para cuestionarlos. Aquel niño que hoy es un hombre adulto no necesitó que alguien le dijera explícitamente que no debía llorar, sino que lo descubrió en la burla, en la mirada de otros, en una comparación o en la reacción de un adulto. Aprende qué comportamientos producen reconocimiento y cuáles producen vergüenza.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu en “La dominación masculina” mostró cómo estas estructuras pueden incorporarse y sentirse como naturales. La eficacia ideológica reside en que no impone un mandato, sino que lo naturaliza. El mandato deja de sentirse como una imposición y comienza a percibirse como identidad. La noción lacaniana de alienación nos permite pensar que aquello que sostiene nuestra identidad puede ser, al mismo tiempo, aquello que nos limita.
Ante el debilitamiento de referencias tradicionales y la contingencia actual de los ideales de masculinidad y feminidad, en la práctica clínica actual pueden aparecer la inhibición, el aislamiento, la dificultad para asumir decisiones y posiciones propias, la ansiedad frente a la exposición, la fragilidad de los vínculos y dificultades en la vida erótica. La sexualidad, que podría ser un espacio de encuentro y deseo, puede transformarse en otro examen de la propia masculinidad.
El dolor masculino suele quedar silenciado por la propia masculinidad. Un paciente argentino me dijo: "mi padre es menos demostrativo, se la aguanta más". En Argentina, "aguantársela" suele funcionar como una virtud asociada a la hombría e implica resistir, soportar y no dejarse vencer, cuando suele ser más bien una dificultad para expresar y elaborar el dolor. Este signo de supuesta fortaleza puede tener un costo altísimo para la salud psicofísica.
De acuerdo con las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la tasa de mortalidad por suicidio a nivel mundial es de más del doble en hombres que en mujeres. Si bien es un fenómeno multicausal, las exigencias culturales de la masculinidad tradicional frenan el pedido de ayuda. El dolor tiende a enquistarse y silenciarse en el aislamiento hasta precipitarse en el pasaje al acto.
Estas exigencias no solamente determinan cómo debe comportarse un hombre, sino que también establece qué deseos, vínculos y formas de vida resultan aceptables.
Un amigo homosexual me dijo hace un tiempo que los homosexuales pueden llegar a ser muy homofóbicos. Si bien en ese momento me resultó contradictorio, con el tiempo entendí que esto puede ocurrir cuando una persona ha crecido en un entorno en el que ha aprendido a despreciar aquello que ella misma es.
Hace muchos años consultó conmigo un adulto mayor que pudo contarme, no sin muchísima vergüenza, que era homosexual, que nunca pudo hablarlo con nadie y que se odió a sí mismo durante demasiado tiempo. Su entorno era extremadamente homofóbico. Él también. La homofobia puede funcionar como una forma de vigilancia de la masculinidad, reforzando la frontera de aquello que es considerado masculino y aquello que queda excluido de ella.
Cuando le conté a mi madre que estaba trabajando sobre este tema, me compartió que su padre, ese macho hiperviril y super dominante, cada vez que podía se vestía de mujer. Solo necesitaba la coartada del carnaval o alguna habilitación colectiva para poder sacarse la armadura oxidada y hacer existir algo de la posición femenina que en lo cotidiano debía estar sepultado bajo el personaje del hombre invulnerable.
Una masculinidad excesivamente organizada alrededor de la adaptación a un ideal hace que un sujeto termine perdiendo contacto con aspectos propios que no encajan en ese personaje.
Esto no implica que exista un “hombre auténtico” detrás del telón, pero hay una enorme diferencia entre limitarse a cumplir con un prototipo y poder apropiarse de una posición.
La filósofa Judith Butler cuestiona la idea de que el género sea una esencia estable. Hay prácticas, atributos y posiciones que una sociedad codifica como masculinos, pero que no están biológicamente adheridos a un cuerpo masculino. La masculinidad no es patrimonio exclusivo de los hombres. Una mujer puede encarnar atributos culturalmente considerados masculinos. Un hombre puede no identificarse con muchos de ellos y aquello que una sociedad entiende como masculino es una construcción sujeta a las transformaciones de cada época.
Las transformaciones sociales inciden en los conflictos subjetivos y producen nuevos mandatos.
Hay un nuevo imperativo superyoico enlazado al "hombre deconstruido" que a veces aplasta la brújula afectiva del sujeto. Hace un tiempo un paciente joven me contó que su novia comenzó a besarse con otro chico justo delante de él. Él se encontraba completamente tomado por la angustia, pero “fingió demencia” porque no quería ser considerado “tóxico”.
Me llamó la atención encontrar en otros pacientes jóvenes relatos muy similares, con un temor intenso a reproducir comportamientos considerados machistas o posesivos, al punto de desconfiar de sus propias emociones, alienados en el juicio del Otro.
El dique moral es imprescindible para regular los actos. Lo que problematizamos desde la clínica es el momento en que ese ideal muta en un imperativo represivo que le exige al sujeto anestesiar sus afectos. Cuando la etiqueta de "lo tóxico" se utiliza para invalidar la propia angustia, el sujeto no está deconstruyéndose, sino que está desconectándose de su verdad subjetiva para alienarse en una nueva exigencia de corrección.
Desde el psicoanálisis sabemos que no elegimos las identificaciones, los ideales y los mandatos que participaron en nuestra constitución. Pero somos mucho más que la suma de esas partes.
Quizás la tarea no sea encontrar una nueva esencia masculina, sino preguntarnos qué hacemos con aquello que hemos recibido. Reconocer qué repetimos, qué conservamos y qué quisiéramos transformar.
Lo siento. El “hombre definitivo” no existe.
No se trata, entonces, de descubrir cuál es la manera correcta de ser hombre ni de sustituir unos mandatos por otros, sino de poder cuestionarlos e intentar asumir una posición propia.
Bibliografía
Bourdieu, P. La dominación masculina. Butler, J. (2001). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad.
Gough, B., & Novikova, I. (2020). Mental health, men and culture: How do sociocultural constructions of masculinities relate to men’s mental health help-seeking behaviour in the WHO European Region?
Burns, L., Olive, L., Turner, A., Rice, S., Wrobel, A., Montgomery-Farrer, B., Norton, B., Seidler, Z., & Hayley, A. (2026). The role of gender norm conformity in men's psychological help-seeking and treatment engagement: A scoping review. Journal of Mental Health.
Lacan, J. El seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
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Laura Borensztein. Masculinidades y Paternidades con-movidas. Movimientos intempestivos.
Connell, R. W. (2015). Masculinidades. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México, Programa Universitario de Estudios de Género.